Blog personal donde intentaré transmitir la fuerza de mi fe, aquella que me sostiene e impulsa a ser quien soy. Espero sirva además para contagiar la alegría del conocimiento del Evangelio de Jesucristo, las buenas nuevas de resurrección y vida eterna.

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Guía, consuelo, respuestas…

Leyendo y meditando sobre un problema que estamos viviendo en estos días, encontré estos versículos. El Espíritu me dice que he actuado bien y que el Señor no me abandonará. Sé que son una respuesta a mis oraciones y una promesa que puedo ver realizada algún día. Así sea.

D y C 112:9 Tu voz será un reproche al transgresor; y ante tu reprensión cese la perversidad de la lengua del calumniador.

10 Sé humilde; y el Señor tu Dios te llevará de la mano y dará respuesta a tus oraciones.

11 Conozco tu corazón y he oído tus oraciones concernientes a tus hermanos. No seas parcial con ellos, amándolos más que a muchos otros, antes sea tu amor por ellos como por ti mismo; y abunde tu amor por todos los hombres y por todos los que aman mi nombre.

13 Y después de sus tentaciones y de mucha tribulación, he aquí, yo, el Señor, los buscaré; y si no se obstina su corazón ni se endurece su cerviz en contra de mí, serán convertidos y yo los sanaré.

¿No tenemos razón para regocijarnos?

Este mensaje lo escribí en marzo de 2008 y lo. pronuncié el domingo 16 de ese mes en un discurso en la capilla del Barrio Santa Lucía, Canelones.  Nuestra situación ha cambiado, sin embargo el mensaje es el mismo. Aquí lo comparto para recordarles y recordame que los convenios son sagrados y Su palabra es inmutable.

“”A causa de la afección de columna de mi esposo, últimamente ha pasado muchas horas mirando videos, leyendo y viendo los informativos de televisión para pasar el tiempo. Hace algunos días atrás discutió con uno de mis hijos porque éste quería escuchar música y no lo dejaba a él ver el informativo. Un par de días más tarde le dijo: “tenés razón, es preferible escuchar música o hacer cualquier otra cosa antes que ver los horrores que vemos en las noticias”. Cada día vemos que suceden cosas espantosas, los hombres cometen las atrocidades más inimaginables. Todos los días se escucha acerca de dolor, sufrimiento, tristezas y cosas por el estilo.

En las escrituras podemos leer que todo lo que está sucediendo ya fue profetizado por los enviados del Señor. El profeta Mormón escribió: “Sí, sucederá en un día en que se oirá de fuegos, y tempestades, y vapores de humo en países extranjeros; y también se oirá de guerras y rumores de guerras y terremotos en diversos lugares. Sí, sucederá en un día en que habrá grandes contaminaciones sobre la superficie de la tierra: habrá asesinatos, y robos, y mentiras, y engaños, y fornicaciones, y toda clase de abominaciones…” (Mormón 8:29-31).

Sin embargo los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no debemos sentir temor, ni miedo, ni preocupación. En la Liahona de la conferencia de octubre del año pasado, el Élder Dieter F. Uchtdorf cuenta que cuando era niño, durante la Segunda Guerra Mundial, vivió momentos realmente muy duros. Su padre estaba en el ejército y él y su madre se comprometieron a que si debían separarse se reunirían en el pueblo natal de sus abuelos. El viaje se hizo largo y durante muchos días la madre y los niños viajaron rumbo a la casa de sus abuelos. El padre regresó ileso, pero la estaban pasando muy mal. Fue entonces cuando conocieron La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y todo empezó a cambiar desde entonces. El mundo no cambió pero la familia Uchtdorf sí cambió. Ahora había alguien con ellos que les ayudaría a soportar las pesadas cargas de la vida.

Dice el Elder Uchtdorf: “Dondequiera que vivan en la tierra, y cualquiera que sea la situación en la que vivan, les testifico que el Evangelio de Jesucristo tiene el poder divino de elevarles a grandes alturas desde lo que a veces parece ser una carga o debilidad insoportables. El Señor está al tanto de sus circunstancias y sus tribulaciones.”

Y ¿qué es el Evangelio de Jesucristo? Tenemos la mejor definición. Evangelio es un vocablo griego que significa “buenas nuevas”. Y esas buenas noticias son que la expiación de Jesucristo redimirá a todo el género humano de la muerte y se recompensará a toda persona de acuerdo con sus propias obras, y así llevar a cabo la inmortalidad y vida eterna del hombre. Los elementos fundamentales del Evangelio se pueden leer claramente en los cuatro primeros Artículos de Fe y son:

Primero, fe en el Señor Jesucristo.

Segundo, arrepentimiento y cambio en el modo de pensar.

Tercero, el bautismo por inmersión para remisión de los pecados.

Cuarto, imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo.

Pero si bien todo esto es importante no es suficiente para recibir las bendiciones eternas del Evangelio; debemos perseverar hasta el fin. Nos recuerda el Élder Uchtdorf: “y si guardas mis mandamientos y perseveras hasta el fin, tendrás la vida eterna que es el mayor de todos los dones de Dios.”(D. y C. 14:7). Cuenta que cuando era niño, pensaba que perseverar hasta el fin era mantenerse despierto hasta el fin de la reunión sacramental. Cuando fue un joven observó a los ancianos de la iglesia y vio que para ellos perseverar hasta el fin era tratar de llegar dignos y firmes hasta el final de sus días en la tierra.

Y perseverar hasta el fin no significa ver transcurrir la vida pasivamente, sin hacer nada. Dice él que “la nuestra es una religión activa que ayuda los hijos de Dios a lo largo del camino estrecho y angosto a lograr su pleno potencial durante esta vida y regresar a Él algún día…La nuestra es una religión llena de gozo, de esperanza, fortaleza y liberación.”

Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días nos caracterizamos por tener siempre una sonrisa en el rostro. No importa las circunstancias que nos toque vivir siempre estamos felices. Hace poco más de un año, cuando mi padre atravesaba una dura enfermedad, yo debía traerle un tubo de oxígeno, un par de veces a la semana, para que tuviera para vivir un tiempo más. El tubo pesaba 75kg vacío y llevaba una carga de 150kg más del precioso gas. Yo lo subía a un carro que un vecino me prestaba y lo arrastraba vacío algunas cuadras hasta la policlínica y de allí cargado hasta mi casa. Recordé varias veces a mi profesora de Geografía del liceo. Ella nos había enseñado que el verano y el invierno son las dos estaciones más lluviosas en el Uruguay. Y entonces deseaba que mi padre no se hubiera enfermado en verano, porque cada vez que tenía que cargar el tubo la noche anterior había llovido copiosamente y las ruedas del carro se enterraban en el barro. Las vecinas me saludaban con preocupación y con lástima y yo oía que decían “ayy, pobre”. Pero yo les respondía siempre un “Buen día, qué tal?” con una sonrisa enorme. Y juro que no era fingida, sino por el contrario era muy sincera. En mi corazón agradecía secretamente las bendiciones que nuestro Padre Celestial me daba, por poder tener buenas piernas y fuertes brazos para ayudar a mi padre en su sufrir. Mi corazón lleno de la paz de Jesucristo, rebozaba  de gozo por el servicio. Y como dice el refrán “la caridad bien entendida empieza por casa” y que mejor servicio que el socorrer a mi propio padre. Eso se llama vivir el Evangelio. La felicidad es vivir nuestra religión.

Acerca de esto encontré un texto hermoso en el manual del Presidente Brigham Young. Dice así: “¿Dónde está la felicidad, la verdadera felicidad? En ningún lugar sino en Dios. Al poseer el espíritu de nuestra santa religión somos felices por la mañana, felices al mediodía y felices por la tarde; porque el espíritu del amor y de la unión está en nosotros y nos regocijamos en el espíritu porque es de Dios, y nos regocijamos en Dios porque Él es quien nos da todas las cosas buenas. Todo Santo de los Últimos Días que haya experimentado el amor de Dios en su corazón después de haber recibido la remisión de sus pecados mediante el bautismo y la imposición de manos, comprende que en sí mismo abunda el gozo, la felicidad y el consuelo. Podría si fuese necesario, estar sufriendo, encontrarse en el error, en la pobreza o en la prisión, pero aún así se regocija””Hay una sola forma por la que los Santos de los Últimos Días pueden ser felices y consiste en simplemente vivir su religión, o en otras palabras, creer en cada parte del Evangelio de Jesucristo, obedecer con íntegro propósito de corazón el Evangelio de libertad, el cual en verdad nos hace libres.”

Hace algunos días atrás, el Hermano Camacho, mientras nos preparaba a mi esposo y a mí para recibir nuestra investidura y el sellamiento en el Templo nos enseñó que somos conocidos como el “pueblo del convenio” y yo me atrevo a agregar que también somos “el pueblo feliz”. Esa sonrisa que nos caracteriza es la sonrisa que Jesucristo imprime en nuestro rostro cuando somos fieles, dignos y observamos sus mandamientos. Es por eso que aunque mi esposo no puede caminar y le aquejan terribles dolores, el próximo viernes asistiremos juntos al templo para hacer nuevos convenios. Aunque tenga que ser en silla de ruedas mi esposo irá y podremos recibir la promesa de que si somos perseverantes hasta el fin podremos tener nuestra familia eterna.

Somos un pueblo de convenios y promesas, y Jesucristo, quien es cabeza de esta iglesia y la dirige con amor, nos ha dado su Evangelio para que tengamos éxito. Nos ha prometido cosas tan hermosas como la siguiente: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28) “Porque los montes desaparecerán y los collados serán quitados, pero mi bondad no se apartará de ti…” (3Nefi 22:10) “y con misericordia eterna tendré compasión de ti, dice el Señor tu Redentor” (3Nefi 22:8). Y como si todas estas palabras no fueran suficientes también leemos: “Aprende de mí y escucha mis palabras, camina en la mansedumbre de mi Espíritu, y en mí tendrás paz.” (D. y C.19:23). “Ora siempre, y derramaré mi Espíritu sobre ti, y grande será tu bendición, sí, más grande que si lograras los tesoros de la tierra…”(D. y C.19:38). “He aquí, ¿puedes leer esto sin regocijarte y sin que se exalte tu corazón de alegría? (D. y C.19:39).

Yo se que ustedes al igual que yo se regocijan al leer estas escrituras tan alentadoras y se que vuestro corazón como el mío se exalta con palabras tan hermosas. Lean y podrán sentir cómo la sola lectura de estas escrituras es suficiente motivo para regocijarnos.

Comparto este testimonio, en el sagrado nombre de nuestro Salvador y Redentor, nuestro Señor Jesucristo. Amén.””